Coro de la Sociedad Musical de Sevilla
Director preparador Juan Manuel Barahona Rosales
Orquesta Filarmonía de Sevilla
Irene Román · soprano
José Carrión · contratenor
Diego Morales · tenor
David Lagares · bajo
Francisco Javier Torres Simón director
Conciertos
20 febrero 2025 · Sevilla · CARTUJA CENTER CITE
28 febrero 2025 · Huelva · PALACIO DE CONGRESOS CASA COLÓN
Programa
LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)
Allegretto, 7ª sinfonía op. 92
GUSTAV HOLST (1874-1934)
Saturno, Los planetas, op.32
WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)
Requiem KV 626
NOTAS AL PROGRAMA
DE LA MUERTE A LA ETERNIDAD
Noche lluviosa de julio de 1791. A las puertas de un atribulado, enfermo y eternamente endeudado Mozart, llama un misterioso personaje vestido y embozado de negro. Aleksandr Pushkin, en su poema Mozart y Salieri (1832), pondría en boca del compositor austriaco: «Oí que me llamaban; salí afuera. Un hombre completamente vestido de negro se inclinó cortésmente ante mí, me encargó un réquiem y desapareció».
Parece ser que el genio de Salzburgo siempre pensó en sus delirios que había sido la misma Muerte la que le había encargado la obra para su propia misa de funeral, y así, se entregó febrilmente a crear una de las piezas de mayor maestría, potencia expresiva y belleza de su obra, con algunas secciones que se cuentan entre las cimas no solo de su producción, sino de la música universal: el Introitus, el Kyrie, el Dies irae o el Lacrimosa. Es indudable que, en el delirio de creer que escribía su propio funeral, el gran maestro destiló toda esa expresividad y, como si su salvación dependiera de esa partitura, dibujó, más que escribió, las notas que quería que le acompañasen más allá de la muerte.
Pero la realidad parece ser menos poética. El sombrío personaje (al parecer, llamado Franz Anton Leitgeb) era un enviado del conde Franz von Walsegg, cuya esposa había fallecido. El viudo deseaba que Mozart compusiese la misa de réquiem para los funerales de su mujer, pero quería hacer creer a los demás que la obra era suya, y por eso permanecía en el anonimato. De hecho, la obra se estrena bajo el nombre de Réquiem composto del Conte Walsegg, bajo la dirección de su supuesto autor, el 14 de diciembre de 1793 en la Wiener Neustadt.
Quiso el destino que el genio austriaco no pudiera terminar el encargo de quien él creía el autor: la Parca. Así, moriría el 5 de diciembre de 1791, dejando inconclusa una obra que fue completada por su discípulo Franz Xaver Süssmayer (1766-1803), quien en los últimos años de la vida del maestro había vivido en estrecha intimidad artística con él. No es fácil determinar exactamente cuál es la parte debida a Süssmayer. Parece cierto que Mozart dejó completa la Introducción —el Réquiem (adagio) seguido del Kyrie (allegro fugado)— y habría redactado gran parte de los cinco primeros movimientos de la Sequentia (del Dies irae al Confutatis), además de ocho compases del sexto movimiento, Lacrimosa. Los ocho fragmentos siguientes parecen haber sido orquestados en su redacción definitiva por Süssmayer, según esbozos de Mozart que aseguran la autenticidad de su diseño metódico y de sus principales intervenciones instrumentales. Las tres partes últimas (Sanctus, Benedictus y Agnus Dei, así como la Communio) parecen ser totalmente de Süssmayer, quien, sin embargo, se sirvió cuanto pudo de la música preexistente de la partitura de su maestro.
Será así como, con uno de los fragmentos más bellos de la música universal —el sexto movimiento, Lacrimosa— Mozart se entregará de la muerte a la eternidad:
«Oh, día de lágrimas aquel en que resurja del polvo el hombre, como reo, para ser juzgado. Ten misericordia de él, ¡oh, Dios, compasivo Jesús, Señor! Dales (a las almas) el descanso eterno. Amén».
José Manuel Calderón


