Victoria · Officium Defunctorum

Coro de la Sociedad Musical de Sevilla
Pedro Teixeira director

Conciertos

Sábado 30 de noviembre de 2019 · 20.30 horas 
Parroquia de San Carlos Borromeo (Calle Pedro Salinas, 1)

Domingo 1 de diciembre de 2019 · 18.30 horas
Iglesia de San Alberto, PP. Filipenses (Calle Estrella, 2)

Programa

Tomás Luis de Victoria (1548-1611)
Officium Defunctorum

Estêvão Lopes Morago (ca. 1575–1630)
Versa est in luctum

Duarte Lobo (ca.1565-1646)
Pater Peccavi
Audivi vocem de cælo


GESTOS DE DESPEDIDA

Gabriel Díaz

El 12 de marzo de 1997 asistí como público a mi primer concierto de música antigua. Era un concierto del clavecinista holandés Gustav Leonhardt en el teatro Lope de Vega de Sevilla. El maestro demostró sin lugar a dudas por qué era considerado uno de los padres del movimiento de la interpretación históricamente informada. La práctica historicista no hubiese sido lo mismo sin su aportación y así lo dejó claro la crítica que firmaba Ramón María Serrera al día siguiente en el ABC de Sevilla bajo el título «El supremo magisterio de Leonhardt». Hacía años que el maestro se había consagrado al estudio de la música barroca con una austeridad férrea digna de la más mística reclusión monacal. Cada gesto estaba medido.

Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha desarrollado todo tipo de manifestaciones artísticas en torno a la muerte. Algunas son materiales y pertenecen al ámbito de las bellas artes y otras son rituales o comportamientos más o menos elaborados. En la película Despedidas del japonés Yojiro Takita, un joven vuelve a su pueblo desde Tokio después de perder su empleo como cellista en una orquesta. El cambio de vida acaba sumiéndolo en una depresión que lo hace naufragar. La necesidad de trabajar lo obliga a aceptar un puesto como enterrador en una funeraria. El enterrador en Japón se encarga de realizar el rito de preparación del cadáver que incluye la limpieza y vestimenta del cuerpo del difunto. Este rito se realiza delante de los familiares y cada gesto sigue un protocolo muy estricto en el que el joven acaba encontrando una gran belleza y al que acaba dedicándose con pasión. Finalmente encuentra en este arte funerario un soplo de aire que da aliento a su deprimida existencia y que lo ayuda a superar su fracaso vital. El arte es la mejor forma de convertir la amargura de la despedida en un gesto dulce.

En 1583 Tomás Luis de Victoria escribe desde Roma a Felipe II explicándole que desea volver a España para dedicarse a la vida contemplativa. Le expresa que ya siente que ha dado todo lo posible como compositor y que prefiere dejar de lado la composición para entregarse a sus obligaciones como religioso. Finalmente Victoria acaba volviendo a Madrid donde es nombrado por el rey capellán personal de su hermana la emperatriz María de Austria y Portugal en el Convento de las Descalzas Reales. La emperatriz muere en 1603 y Victoria compone en su honor el que se considera su canto del cisne, su último gesto artístico, su Officium Defunctorum. Ésta es sin duda su más perfecta obra y debemos agradecer a Victoria que incumpliese su propósito de no volver a componer tal y como expresó en su carta al rey. Como tantas veces en la historia del arte un creador siente su obligación para con el arte y se niega a dejar en el tintero una gran obra incluso contrariando sus propios planes vitales, sus promesas o deseos. El Officium Defunctorum sirvió de monumental despedida a la emperatriz María en sus exequias celebradas en la Colegiata de San Isidro de Madrid.

El 11 de diciembre de 2012 Leonhardt interpretaba el que sería su último concierto en el Théâtre des Bouffes du Nord de París. Semanas antes el intérprete, ya muy enfermo, comunicó que ese sería su último concierto, su despedida. Los asistentes, muchos de sus alumnos o discípulos, dicen que veían al enjuto Leonhardt tocar casi como si ya tocase desde el más allá. Efectivamente el maestro fallecía un mes después creando una gran conmoción en el mundo de la música antigua. Cientos de obituarios aparecieron en periódicos del mundo entero. Un artículo del diario El Mundo fue incluso titulado «La segunda muerte de Bach». Un discípulo de Leonhardt que pudo colarse al ensayo previo al concierto dice que observaba al maestro furtivamente desde la oscuridad del patio de butacas repasar piezas que llevaba décadas interpretando por el mundo entero. Lo que más le impactó casi hasta el punto de dejarlo conmocionado es que después de ensayar cada pieza Leonhardt sacaba un lápiz y hacía anotaciones en la partitura. No importaba que que ese fuese el último concierto, que el horizonte que parece siempre lejano ya estuviese casi a sus pies. Nunca es tarde para la perfección en el arte. Definitivamente los grandes maestros no se despiden dejándose ningún gesto en el tintero.