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Conciertos de otoño

Coro de la Sociedad Musical de Sevilla
Director Alfred Cañamero

CONCIERTOS

25, 27 y 28 de noviembre de 2004
Auditorio de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales
Iglesia de San Jacinto
Capilla de la Virgen de Montserrat

PROGRAMA

Cristóbal de Morales (c.1500-1553)
Peccatem me quotidie
Hoc est praeceptum deum

Tomás Luis de Victoria (c.1549-1611)
Nigra sum sed formosa
O Domine Jesu Christe
Super flumina Babylonis

Felix Mendelssohn-Bartholdy (1808-1847)
“Ehre sei Gott in der Höhe” (Gloria) Para doble coro mixto con solistas
Der 43. Psalm “Richte mich, Gott” op. 78,2 Para coro mixto a ocho voces    AUDIO  
Magnificat “Mein Hertz erhebet Gott” op.69,3 Para coro mixto a cuatro voces

Zoltán Kódály (1882-1967)
Veni, veni Emmanuel
Media Vita in morte sumus


Notas al programa

Mª Isabel Osuna Lucena
Universidad de Sevilla

El concierto está centrado en la música sacra católica o luterana.

Vive CRISTÓBAL DE MORALES entre 1500 y 1533, y según los indicios documentales aparecidos hasta la fecha, nace en Sevilla y muere en tierras andaluzas después de toda una vida de viajes y traslados más o menos recompensados y mostrándose siempre atormentado por algún tipo de enfermedad.

Musicalmente se puede considerar como uno de los pilares de la creación de su tiempo, sabiendo conjugar perfectamente la mística austeridad del estilo español y la artificiosidad del contrapunto neerlandés, fruto y maestro de una posible escuela Sevillana, encuadrada en un ambiente cosmopolita y humanista.

Muy pocos son los datos conservados (o encontrados) relativos a su vida y a su formación, escasez documental que contrasta con las numerosas citas y elocuentes elogios que le dedican sus contemporáneos, así como la enorme difusión que tuvo su obra.

La obra de Cristóbal de Morales significó en su tiempo una de las más altas cimas, valorado en plano de igualdad junto a Josquin Desprez y Palestrina por los más prestigiosos tratadistas de los siglos XVI al XVIII, como Pietro Pontio, Ludovico Zacconi, Pietro Cerone, J. Zarlino, Kircher… por citar algunos y sin olvidar los elogios que le dedicaron Fr. Juan Bermudo o Martín de Tapia, quienes le calificaron de insuperable, único, sobresaliente, singular, etc.

Fue el compositor español más europeo, alcanzando su música tan rápida difusión que en el espacio de veinte años se imprimen en toda Europa cerca de cuarenta ediciones, conteniendo obras suyas, bien en solitario o formando parte de colecciones antológicas al lado de los compositores más significativos. Esta difusión continuó a lo largo de los siglos XVII y XVIII por tierras americanas, siendo su música una de las más utilizadas en la evangelización Igualmente fue glosado por algunos de los más insignes tañedores españoles como Pisador, E. de Valderrábano, Miguel de Fuenllana o Luis Venegas de Henestrosa.

Y finalmente no podemos pasar por alto la profunda admiración que le profesaron su más destacado discípulo Francisco Guerrero y el no menos relevante Juan Vásquez, quien con su dedicatoria a su libro Recopilación de Sonetos y Villancicos, Sevilla 1560, no duda en calificarle como “capitán de aquellos que saben levantar el corazón a la contemplación de las cosas divinas”, principio estético, profundamente humanístico, que anima al estilo de lo que podemos calificar como “Escuela Sevillana”, y que formó parte del ideario musical defendido por el Concilio de Trento. No olvidemos que fue Morales quien escribió: “Toda música que no sirve para honrar a Dios o para enaltecer los pensamientos de los hombres, falta por completo a su verdadero fin”.

Bajo este prisma de misticismo hay que comentar los motetes Peccantem me quotidie, uno de los más conocidos e interpretados del autor, y Hoc est praeceptum meum, una interesante obra en la que Morales inserta un “cantus firmus obstinato” con la melodía de la letanía de la Virgen con el texto Sancta Maria ora pro nobis en un contrapunto muy floreado al estilo neerlandés.

TOMÁS LUIS DE VICTORIA, compositor y organista, nace en Ávila en 1548 y muere en Madrid en 1611. Calificado como uno de los compositores más profundos de su tiempo, su formación sacerdotal y musical está unida al espíritu y la estética contrarreformista. Su música sobrepasa la frontera del Renacimiento polifónico para situarse junto a los nuevos aires dramáticos manieristas, en perfecta sintonía con la atmósfera de misticismo que irá impregnando la cultura española y que significa un telón de fondo para el florecimiento artístico-cultural que tuvo lugar en la España del siglo XVII.

Su profunda convicción religiosa confiere a su obra una intensa calidad dramática similar al pensamiento de Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz.
Los motetes programados de Victoria son más complejos en su estructura polifónica que los que se han presentado de Cristóbal de Morales, aumentando en número de voces e incluso distribuyendo el coro en dos grupos. Estructura siempre fiel a los preceptos del Concilio de Trento que toleraron el uso de la polifonía con la condición de que ésta permitiera seguir la comprensión del texto. Así vemos cómo se alternan continuamente pasajes homofónicos y contrapuntísticos, comenzando cada frase del texto con una frase musical.

Super flumina Babylonis, salmo 136, compuesto durante su estancia como profesor y maestro de capilla en el Collegium Germanicum de los jesuitas (centro cosmopolita en el que convivían alumnos procedentes de diversas nacionalidades), para ser interpretada al término de una cena de despedida de un grupo de estudiantes alemanes que fueron trasladados a otro centro. Tal como se le había solicitado, la música, homofónica, es solemne y alegre a la vez, un auténtico himno de fraternidad.

Por su parte, Nigra sum es una musicalización del verso 5 del libro I del Cantar de los Cantares, ampliamente parafraseado por San Agustín y San Gregorio Magno, entre otros.

Y concluye este bloque de polifonía renacentista O Domine Jesu Christe, motete para el viernes santo. Está concebido en sentido vertical con un alto contenido dramático. Comienza con notas largas con las que el compositor invita a la contemplación de la cruz e incidiendo con una sobrecogedora tensión en la esencia de la fe cristiana: “Oh Señor Jesucristo te adoro herido en la cruz… ruegote que tus llagas y tu muerte sean vida para mí”.

ZOLTÁN KODÁLY, a quien podemos calificar como humanista del siglo XX, nació en Kecskemét, Hungría (1882) y murió en Budapest en 1967. Compositor, pedagogo, musicólogo y folklorista húngaro.

En Budapest fue discípulo de Koessler en la Academia Franz Listz, a la vez que estudiaba en la facultad de Letras. En 1905 inició sus encuestas por las zonas rurales húngaras a la búsqueda de las tradiciones más antiguas de la música campesina, investigación a la que se sumó Béla Bartók en 1906 y que culminaría Kodály con la publicación del cancionero Corpus Musicae Popularis Hungaricae (1951), donde se recogen un total de 100.000 canciones.Ambos fundaron en 1911 la Sociedad Húngara para la Música Nueva y ambos crearon un nuevo estilo a partir del folclore local preocupándose paralelamente de establecer una cultura musical de alto nivel.

Sin embargo, la labor de Kodály se extendió mucho más allá, porque además de trabajar como compositor, director, crítico y profesor de música, abordó con igual interés y profundidad la etnología, la historia y estética musical, la historia de la literatura, la lingüística y la enseñanza del lenguaje. Pocos artistas han logrado desarrollar una actividad tan valiosa y duradera en esta variedad de ámbitos, pero muchos menos han sido los que han centrado tantos y tan distintos aspectos de su labor persiguiendo un único ideal: erradicar el analfabetismo musical a todo nivel.

Su música profunda, original y expresiva, contenida en los límites de un lenguaje siempre cercano a su sentido original, ha permanecido en cierto modo eclipsada por la obra de su amigo y colega Bartók. Pero es en el campo de la pedagogía donde este autor ha obtenido un unánime reconocimiento internacional, sobre todo con el llamado Método Kodály, que se ha aplicado en casi todos los países del mundo. En esta línea, en la década de los 30 fue capaz de gestar un movimiento juvenil coral a nivel nacional que, gracias al apoyo gubernamental después de la guerra, le permitió poner en práctica su visión de la enseñanza musical como algo disponible para todos a través del canto coral. Con esto aseguraba que la música pasara a ser parte orgánica en el currículo escolar y que tanto niños como adultos no perdieran contacto con ella.

Las obras de Kodaly que figuran en el programa son de carácter solemne casi procesional, con un marcado sentido funcional y austero, y contenidas en un lenguaje tonal clásico con algunas pinceladas puntuales que nos sitúan en el siglo XX:
Veni, veni Emmanuel, de carácter modal en estilo homofónico, es una mirada al pasado litúrgico de la iglesia romana. El texto es un himno del siglo XVIII (Colonia 1710), basado en las siete antífonas actualmente fechadas en torno a la primera década del siglo VIII ( las antífonas del “O”, porque comenzaban con esta interjección: O Sapientia”, “O Adonai”, “O Emmanuel…) que se cantaban en los monasterios medievales durante la octava de adviento (antes de Navidad). La obra estructurada en dos partes bien definidas como un responsorio, alterna una invocación que recuerda al canto llano y que se repite de modo recurrente, y unas “estrofas” afines a las armonizaciones contemporáneas

Media vita in morte sumus, refleja el profundo dolor y desconcierto ante la muerte súbita de un alumno muy apreciado, Matyas Seiber, cellista, director y compositor de una exquisita música de cámara y de la banda sonora de varias películas, que había fallecido en Sudáfrica, en 1960, en un accidente de tráfico. Sin abandonar la tonalidad, se sumerge en una armonía teñida de la estética musical contemporánea. El texto “en medio de la vida estamos en la muerte”, basado en un tropo del monje de S.Gall Notker Babulus, es un responsorio del Oficio de Difuntos (vuelta a la liturgia romana) y Kodály, a modo de responsorio, nos introduce en una sucesión de preguntas sin resolver, insistentes e incisivas, expresando en voz alta su propia reflexión desesperada en torno a la frágil existencia humana, recordando, sin duda, la célebre y escalofriante Pregunta sin respuesta del compositor americano Charles Ives.
Finalizamos con la figura de FELIX MENDELSSOHN-BARTHOLDY, generalmente calificado como romántico clasicista.

Como premisa válida para todos los tiempos y todos los estilos, el clasicismo representa la experiencia, el dominio de los medios de expresión en cuanto a técnica y forma, un concepto definido del mundo y la vida, proclamado como síntesis de unos valores artísticos. Por su parte el romanticismo es siempre un planteamiento juvenil, una divisa, un anhelo orientado hacia el futuro. Felix Mendelssohn-Bartoldy es ambas cosas.

Nieto del gran filósofo judío Moisés Mendelssohn, fue esmeradamente educado en un ambiente intelectual amplio, refinado y exquisito lo que le permitió destacar tanto en la música como en la lingüística como en la pintura, siendo la música el medio expresivo de su preferencia, destacando desde niño por su genialidad y madurez indiscutibles. Vivió entre 1809 y 1847, llevando una vida intensa tanto por la calidad y cantidad de su obra como por la encomiable labor de mostrar la música de los otros. A él se debe la recuperación histórica de la música de Juan Sebastián Bach, a instancias de su maestro Zelter. Viajó por toda Europa y su autoridad fue requerida por numerosísimos compositores e intelectuales de todo tipo.

Con respecto a la dicotomía de las corrientes estéticas del Romanticismo, Mendelssohn-Bartoldy, se muestra conciliador y equidistante tanto de la estética de la forma como de la estética del sentimiento. En efecto, aunque siempre se mantuvo fiel a su concepto del arte como expresión del sentimiento, nunca permitió que el sentimentalismo excesivo enturbiase una composición equilibrada, impecable, y a la vez imaginativa y rebosante de colorido.

Su música contiene esa cualidad intangible que llamamos poesía, siempre joven, inmersa en un universo que es la fiel expresión de la vida interior de su autor. Su música supone la fusión de lo fantástico y lo preciso, del sueño y la lucidez, auténtico exponente de la verdadera síntesis cultural de estilo, valores y pensamiento que significó la sensibilidad europea del siglo XIX.

Mucho más programada y conocida su música instrumental, Felix Mendelssohn-Bartoldy nos muestra una música coral hábil, elegante, profunda y rica en matices que conducen hacia una plenitud sonora cercana a la plasticidad.

Plenitud sonora fruto de una sincera convicción religiosa, sin caer en el arrebato místico, que ya en otras ocasiones había expresado, recordemos que precisamente prologó su Sinfonía nº 2, “Himno de Alabanza” con una cita de Lutero …”anhelo ver todas las artes, especialmente la música, al servicio de Aquél de quien provienen y que las ha creado”.

Tanto el salmo 43 Richte mich, Gott como el “Gloria” Ehre sei Gott in der Höhe están estructurados con una textura predominantemente homofónica con algunos pasajes que presentan una cierta alternancia tímbrica describiendo el contenido textual.

Y finaliza el concierto con la obra Mein Herz erhebet Gott sobre el texto del Magnificat marcándose claramente los versículos que lo integran y que culminan en una gran fuga antes de la doxología final.

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